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jueves, 11 de septiembre de 2008

Mesista acérrimo objeta

La semana pasada, en esta misma sección, Luís Christian Rivas escribió sobre la contribución del ex-presidente Carlos Mesa en el proceso de desinstitucionalización del Estado boliviano, e incluso pareció descalificarlo para opinar al respecto.

Permítaseme comparar la situación de octubre del año 2003 con un sistema a vapor cuya presión está excediendo los límites que puede soportar. Lo más lógico entonces, y si no se quiere que el sistema colapse, es disminuir la presión a través de los reguladores de presión creados para tal efecto, en este caso, los partidos políticos, cuya principal función es la de canalizar las demandas de los ciudadanos hacia el poder gubernativo o hacia ellos mismos. Demandas como mayor democracia interna, mayor honestidad y menos demagogia, orientadas a los mismos partidos; o demandas como mayores y mejores empleos, cambios en las políticas hidrocarburíferas y otros, que no fueron atendidas nunca por nuestros viejos politiqueros (prueba de ello es que en “Certezas e incertidumbres de la democracia” de Jorge Lazarte, editado en 1993, ya la gente pedía reformas políticas que los partidos se negaban a llevar adelante) Entonces, los reguladores de presión del sistema que debieron haber actuado oportunamente, estaban defectuosos. Al Presidente Carlos Mesa se le entrega un sistema a punto de colapsar por tanta presión, y con los reguladores inservibles, inhabilitados e inoperantes. La opción lógica, antes de que la máquina se destruya, era crear válvulas de escape. Esas válvulas de escape se tradujeron en la incorporación de reformas políticas como el referéndum, la desmonopolización de los partidos y la asamblea constituyente, de las cuales solamente la última fue introducida sin existir en la ley de necesidad de reforma de la legislatura anterior.

Ahora que conocemos los resultados de dichas medidas, que no disminuyeron las presiones y más bien debilitaron el sistema, es muy fácil criticar a Carlos Mesa; después de que entonces muchos rogábamos porque salve al país. Sin embargo es bueno recordar que las reformas introducidas a la Constitución el año 2004 no se hicieron por decreto, por lo tanto la responsabilidad de ellas no es solamente de Mesa, sino también de todos los viejos políticos que estaban en el Congreso y podrían haber hecho alguna mejor propuesta. Porque si no estábamos de acuerdo con la solución planteada, en aras de la estabilización política, económica y social del país, era necesario mostrar salidas alternativas. ¿Cuál era la salida alternativa? ¿Más derramamiento de sangre? ¿O la estupidez que escuchamos la semana pasada del estúpido parlamentario del Mas, Félix Rojas, que decía: “este es el Estado boliviano, al que no le guste que se vaya”? Estoy seguro de que de haber existido una salida más segura Carlos Mesa hubiera optado por ella, pero no escuché a nadie con una mejor propuesta entonces, y no escucho a nadie que acompañe su crítica con mejores propuestas hoy.

Por otro lado creo que es injusto equiparar a Carlos Mesa, introduciendo la asamblea constituyente en la Constitución, buscando pacificar el país, tratando de reparar todo el daño causado por décadas de politiquería, y equivocándose sin saberlo, con Evo Morales, tratando de confrontar al país en su favor y buscando la forma de mantenerse en el poder por muchos años, a sabiendas de que está destruyendo la nación en el proceso.

En el mejor de los casos se puede afirmar que Carlos Mesa cometió un error al incorporar dichas reformas, pero por honestidad intelectual debemos reconocer que fue un error cometido de buena fe. Buena fe que nadie quiso acompañar, ni los partidos políticos, ni los movimientos sociales, ni Evo Morales, ni algunos movimientos cívicos y medios de comunicación. Y eso lo hace muy distinto de Evo Morales, que al violar la ley porque le da la gana y cuando le da la gana lo que hace es cometer un delito con premeditación y alevosía.

Carlos Mesa fue un presidente con demasiados principios, con demasiada buena fe, con demasiada altura para nuestra sociedad, definitivamente un presidente que no merecíamos… hoy, tenemos el presidente que merecemos.

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